La semana pasada hablamos sobre Velázquez, genio y maestro de la Historia del Arte, y esta semana comentaremos una de sus obras, “Los Borrachos, o El triunfo de Baco”, uno de los cuadros más importantes de Velázquez, en donde se percibe la ironía sarcástica que impregna toda su obra de temática mitológica.

Baco.

Baco, Dionisio para el mundo griego, hijo de Zeus y Sémele, conocido como el dios del vino y del delirio místico, lleva un cortejo de ménades y sátiros a su alrededor. Es muy cercano a los hombres, ya que les enseño el cultivo de la vid, haciéndoles ver las excelencias de tan preciado jugo.

Anduvo por Egipto y Siria, enloquecido por la diosa Hera. Fue purificado e iniciado en ritos de culto por la diosa Cibeles.

En torno a él se celebraron orgías, conocidas con el nombre de bacanales. Fueron prohibidas por el Senado en el 186 antes de Cristo, pero varias sectas siguieron practicando ritos dionisíacos.

El triunfo de Baco.

El cuadro fue pintado por Velázquez entre 1628 y 1629, justo antes de su primer viaje a Italia. Fue un encargo del rey Felipe IV, aparece mencionado en una cédula real de julio de 1629 ordenando el pago de 100 ducados por cuenta de una pintura de Baco.

En 1734 se produjo un incendio en el Real Alcázar de Madrid que lo destruyó casi por completo (sobre el solar mandaría construir el rey Felipe V el actual Palacio Real o Palacio de Oriente). En este siniestro la obra sufrió algún desperfecto, ello se ve claramente en las radiografías, que han demostrado que ha sido objeto de retoques, e incluso que el lienzo original tuviera mayores dimensiones que las actuales.

Análisis de la obra.

Si miramos de frente el cuadro, en la composición se perciben dos partes bien diferenciadas. En la izquierda figura el dios, muy cercano a los modelos de Caravaggio, medio desnudo, sentado en un tonel, y coronado de pámpanos. Es un buen mozo, de aspecto saludable y sensual, que deja ver sus carnes sonrosadas, cubiertas por una túnica blanca y un manto de color rojizo.

Detrás de él, aparece un joven desnudo, recostado, indolente, también coronado, que sostiene con su mano izquierda una copa de vidrio. En el ángulo inferior, a contraluz, aparece otro joven, de espaldas, recostado, que también porta su peculiar corona.

Los borrachos.

Estos hombres están ya iniciados en los ritos dionisiacos; en cambio, no sucede lo mismo en el grupo de la derecha, en el que aparecen seis personajes tratados con un extraordinario realismo, con rostros abotargados, en el que puede seguirse las fases de la embriaguez.

En primer plano, un humilde soldado, en actitud reverencial, aparece a los pies del dios, para convertirse en un nuevo iniciado.

Los otros cinco, en actitud burlesca, disfrutan de los placeres terrenales. El primero de ellos, visto de frente y con un sombrero mugriento, mira directamente al espectador. El segundo, cubierto con un manto castaño, mira interesado al dios Baco, y aparenta una mayor dignidad. El tercero asoma su rostro entre los dos compañeros, con una embriaguez manifiesta, y el cuarto, con un rostro de perfil, se lleva la mano al pecho, fijando su mirada en el último de los componentes del grupo, quien se quita el sombrero en señal de mofa. Esta figura une en diagonal a los personajes, llegando al que está situado en el ángulo inferior izquierdo.

Es una obra sublime, llena de vida y muy popular de Velazquez, maestro de maestros. Esto es todo por hoy, la semana que viene hablaremos de otra de sus grandes obras, “La fragua de Vulcano”, también en el Museo del Prado.

Diego Velázquez – Los Borrachos, o El triunfo de Baco, 1628 - 1629. Óleo sobre lienzo. 165 × 225 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid.
Diego Velázquez – Los Borrachos, o El triunfo de Baco, 1628 – 1629. Óleo sobre lienzo. 165 × 225 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid.
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