Seguimos con Velázquez.

Llevamos dos semana hablando sobre Velázquez; la primera lo hicimos con su vida y obra, la segunda lo hicimos comentando una de sus grandes obras, “Los Borrachos”, y esta tercera semana abordamos otra de sus inmortales obras, “La fragua de Vulcano”.

Vulcano.

Hefesto (Vulcano), es el dios del fuego y de la fragua, hijo de Zeus y Hera. Es un dios cojo de nacimiento, debido a que su padre le arrojó directamente del Olimpo. Hera, avergonzada, lo dejó caer desde el Monte Sagrado, yendo a parar al océano, donde fue adoptado y educado por Tetis, la nereida madre de Aquiles. El dios, agradecido por el mimo de su progenitora, forjó sus bellas y famosas armas.

Tras largas batallas, Zeus le concedió a Afrodita por esposa. Ella no tardó en cometer adulterio con Ares, el dios Apolo fue a contárselo a Hefesto. Para vengarse, éste preparó una red invisible, y la puso en torno al lecho de su esposa. Cuando los amantes intentaron encontrarse, la red se cerró, atrapando a los culpables.

La fragua de Vulcano.

El momento elegido por Velázquez fue el más doloroso y humillante para Vulcano. Como marido engañado, se sorprende y se enfrenta a su deshonra. La obra de arte representa el momento en que Apolo visita el taller de Vulcano, que está forjando una armadura, con la ayuda de sus cuatro cíclopes, para comunicarle el adulterio de su bella esposa con el dios de la guerra.

Análisis de la obra.

La fragua de Vulcano es una obra fundamental para entender la evolución de Velázquez en su primer viaje a Italia.

Los análisis técnicos revelan el uso de una base gris distinta a la capa marrón rojiza utilizada hasta entonces por Velázquez; se piensa que esta innovación se debe al deseo por parte del artista de producir una impresión general más clara, tal como pudo observar en obras de maestros italianos.

Por otro lado, las radiografías de La fragua de Vulcano muestran que Velázquez modificó las cabezas de Vulcano y de uno de sus ayudantes, intensificando la actitud de sorpresa y enfado del esposo engañado.

Apolo.

Apolo aparece como mensajero, con cabellos rubios ceñidos por una corona de laurel, y una aureola de rayos luminosos emergen de su cabeza. Esta nimbada es el foco de luz a partir del cual se ilumina la estancia, el cuerpo de Vulcano, y el de sus ayudantes.

Los cíclopes de la fragua de Vulcano.

Los cuatro cíclopes son modelos reales tomados del natural, rudos individuos en los que se refleja en los rostros la gran sorpresa de saber que Vulcano está siendo engañado. En esta obra, Velázquez les “concede” a los cíclopes un segundo ojo; esto, junto al hecho de ser personajes reales, le concede a la obra un mayor realismo y dinamismo, mostrando a todos los personajes pendientes del mensajero y de la reacción del dios ofendido.

La cojera de Vulcano.

La cojera de este dios del inframundo se percibe por el marcado desnivel de sus hombros y la curva de su cadera. La expresión del dios, burlado, contiene incredulidad y coraje. Es como una fábula burlesca.

De Italia a España.

Este cuadro lo pintó Velázquez en 1630 durante su estancia en Roma, en casa del embajador español. Se dice que los modelos eran los criados del anfitrión.

En 1819 fue trasladado al Museo del Prado, en donde hoy podemos visitarlo y admirarlo. Esto es todo por hoy, gracias por llegar hasta aquí, nos despedimos hasta la próxima entrada en nuestro blog www.tasararte.com/blog/.

Velazquez - La fragua de Vulcano, 1630
Diego Velázquez – La fragua de Vulcano (detalle), 1628 – 1630. Óleo sobre lienzo. 223 × 290 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid.
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