Dentro de la mitología griega, queremos fijar hoy nuestra atención en los mitos corintios, cuyos protagonistas son Sísifo, su hijo Glauco y su nieto Belerofonte.

Sísifo.

Sísifo es hijo de Eolo, dios del Viento, y es el fundador de Corinto. Pasa por ser el más astuto y menos escrupuloso de los mortales, fue promotor de la navegación y del comercio, pero también fue avaro y mentiroso, y recurrió a medios ilícitos para enriquecerse, entre los que constaba el asesinato de viajeros y caminantes.

Desde los tiempos de Homero, Sísifo tuvo fama de ser el más astuto y sabio de los hombres. Fue condenado por Zeus a sufrir una pena eterna en el Hades: empujar por una empinada ladera una pesada roca que ya en la cima volvía a deslizarse cuesta abajo, repitiéndose sin fin el absurdo proceso.

Esta iconografía es la más difundida en la historia del arte, apareciendo ya en la cerámica ática del siglo V a.C. Con el tiempo, el castigo eterno se asoció a los padecidos por Ticio, Tántalo e Ixión, representándolos Tiziano y Ribera. Precisamente la imagen de portada se corresponde a la obra “Sísifo” de Tiziano, realizada entre 1548 y 1549, un óleo sobre lienzo de 237 x 216 centímetros que se encuentra en el Museo del Prado.

El motivo del castigo al que fue sometido Sísifo no lo menciona Homero en su “Metamorfosis”, pero otras fuentes indican que Sísifo había revelado al dios fluvial Ásopo que el autor del rapto de su hija Égina había sido Zeus. Cuando, por orden de Zeus, Tánatos fue a buscar a Sísifo, éste le engañó y le puso grilletes, por lo que durante ese periodo nadie murió en la Tierra, hasta que Ares lo liberó. Entonces, como castigo, Zeus puso a Sísifo bajo su custodia en el inframundo, obligado a cumplir su castigo con la roca deslizándose ladera abajo.

Podemos destacar otras interpretaciones del mito. En el siglo I a.C Lucrecio interpretó el mito como los políticos que aspiran a un cargo con la búsqueda del poder, como algo vacío que se asemeja a una roca que rueda arriba y abajo del cerro. Albert Camus consideraba a Sísifo como una personificación de lo absurdo de la vida humana, que la lucha de sí mismo hacia las alturas no puede ser suficiente como para llenar el corazón del hombre.

Glauco, el hijo de Sísifo.

Otro de los personajes de la mitología corintia es Glauco, hijo de Sísifo y Mérope, una de las pléyades. Glauco es famoso sobre todo por su muerte: en los juegos fúnebres en honor de Pelias, en los que tomaba parte, se rompió su carro en una carrera, y al caer le devoraron sus propias yeguas, a las que alimentaba con carne humana, tal como hacía Diomedes.

Belerofonte, nieto de Sísifo.

Por último, Belerofonte, nieto de Sísifo, e hijo de Glauco, que después de numerosas hazañas quiso elevarse, enorgullecido, con su caballo alado Pegaso. Belerofonte fue luego odiado por los dioses por motivos desconocidos, y en cierta ocasión quiso llegar al Monte Olimpo montado sobre Pegaso. Sin embargo, el dios Zeus no fue tomado por sorpresa y clavó un aguijón en Pegaso, por lo que logró enfurecerlo. Belerofonte no pudo tranquilizar al caballo y esto provocó que perdiera el equilibrio y se precipitase al vacío. Según una tradición, Belerofonte logró sobrevivir a la caída, sin embargo, quedó cojo o ciego y terminó vagando por la llanura Aleya. Pegaso, por su parte, se remontó hacia el cielo donde se inmortalizó como una constelación. En otra versión, Belerofonte se precipitó al suelo por vértigo o terror y murió en la caída.

Entre sus hazañas tuvo que matar a Quimera, hija de Tifón y Equidna o de la Hidra de Lerna, que según qué versión tenía cabeza de cabra que exhalaba fuego, cuerpo de león y cola hecha por una serpiente y vomitaba fuego por la boca. Belerofonte montó a Pegaso y, volando sobre la fiera, empezó a lanzarle flechas. Luego, introdujo la punta de su lanza en las fauces del monstruo, cuyo aliento de fuego fundió la punta de plomo, que se escurrió por su garganta quemando los órganos vitales, y de esta manera Belerofonte logró vencerla. Este motivo es ampliamente representado en la cerámica griega, las monedas y los sarcófagos romanos. Posteriormente, el mito se cristianizó, originando la iconografía de San Jorge luchando contra el Dragón.

Nos despedimos hasta la próxima entrada en nuestro blog www.tasararte.com/blog/

Jacopo Ligozzi (atribuido) – Una Quimera, 1590 – 1610. Aguada parda, Albayalde, Pluma, Toques de lápiz sobre papel amarillento, 323 x 424 mm. Museo Nacional del Prado.
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