Tal como prometimos, hace dos semanas, vamos a hacer un breve recorrido por el Romanticismo alemán y el español, y sus manifestaciones pictóricas. En el Romanticismo alemán, la pintura histórica es sustituida por el paisaje, supone el fin de un lenguaje heroico, reemplazado por una búsqueda de valores ligados a la naturaleza y, sobre todo, al silencio.

El Romanticismo alemán.

Vamos a destacar a dos artistas que comparten un mismo sentimiento místico de comunión con la naturaleza, Philip Otto Runge (1777 – 1810), y Caspar David Friedrich (1774 – 1840). Runge elaboró una teoría ambiciosa sobre el arte del paisaje Romántico. Se basaba en la teoría de los colores de Goethe, y sobre todo, en la condición de que la obra pictórica servía para expresar los estados pictóricos del hombre. El artista busca crear un paisaje de sentimientos, un complicado sincretismo de imágenes en las que destaca su proyecto de obra “Los momentos del día”, en donde intenta fundir a cristianos y paganos con representaciones alegóricas del mundo vegetal, y sobre todo de la luz, como fenómeno natural y mensaje espiritual.

Pero quien destaca es Friedrich con su simbolismo natural. Sus alegorías y temas de meditación son respecto al hombre, a su rezo, envuelve su soledad en un silencio, como en su obra “El caminante sobre un mar de nubes” de 1818, o “La Abadía en el robledal” de 1810, ambas obras, de pequeño formato, del hombre enfrentado al Cosmos, hablan de una religiosidad que no se puede encerrar entre cuatro paredes, sino que se proyecta hacia la visión del infinito. Las obras de Friedrich son obras de mirada interior, del dominio de la luz, de la perfecta composición, y el menudo realismo de detalles.

Queremos destacar el movimiento pictórico de los Nazarenos, que surge en Viena en 1809, cuando algunos artistas, insatisfechos con la enseñanza neoclásica de la Academia, se rebelan, trasladándose a un monasterio en Roma, con el nombre de Hermandad de San Lucas. Intentan restablecer la eminencia de la pintura religiosa anterior a Rafael, en la línea de Fra Angelico y Durero. Intentan recuperar la gran tradición de la pintura religiosa mural; esta tendencia da lugar a cuadros, algo ingenuos, de dibujo sereno y colorido local.

La España Romántica.

España es un país romántico en el que, paradójicamente, el Romanticismo tarda en calar. Durante el siglo XIX, los artistas seguían dependiendo del control de las Academias, que imponía un clasicismo agotado. Hubo que esperar a los años treinta para que las novedades plásticas se abrieran paso. Las revistas, los Liceos artísticos, los Ateneos, y otros cenáculos, promovieron una incipiente crítica de arte, y la aparición de una clientela burguesa, que demanda un mercado con nuevas actitudes estéticas y espíritu Romántico.

Destacamos a Antonio Esquivel y, sobre todo, a Federico Madrazo, creador del modelo de retrato Romántico, por la exigencia de la demanda aristocrática y de la alta burguesía. Destaca “La condesa de Vilches”, de 1853, un retrato exquisito y delicado, de composición serena, con la influencia de Ingres por el dibujo.

El mito romántico se difunde a través del género pictórico, con gran aceptación, con la pintura costumbrista, que ofrecía un visión popular y folclórica de tipos y tradiciones, en cuadros de pequeño formato, que compraban los visitantes extranjeros. De esta vertiente destaca Valeriano Domínguez Bécquer (1833 – 1870), con una producción de imágenes andaluzas y festivas, muy coloristas, contraria a las representaciones críticas e incluso violentas del costumbrismo madrileño, como Leonardo Alenza (1807 – 1845), un pintor que encarna la figura del artista bohemio, incomprendido, que dejó una obra de gran originalidad, y cargada de sátira, como “El suicidio romántico”. La crítica a la Institución de la Inquisición la abandera Eugenio Lucas Velázquez (1817 – 1870), con escenas corrosivas y violentas, y una técnica muy suelta, sin dibujo, con un empaste de expresionismo muy goyesco.

Y por último, destacar al principal paisajista, Jenaro Pérez de Villaamil (1807 – 1854). Recorrió toda la península, escogiendo escenas y rincones que plasmaba en escenarios monumentales y amplios, aunque sus mejores composiciones son de formato pequeño.

Jenaro Perez Villamil – Manada de toros junto a un río, al pie de un castillo, 1837. Óleo sobre lienzo, 91 x 115 cm. Museo del Prado, Madrid. Ejemplo de Romanticismo español.

Gracias por haber llegado hasta aquí. Esto es todo por esta semana. Nos despedimos hasta la próxima entrada en nuestro blog www.tasararte.com/blog/

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