Hoy vamos a comentar una obra maestra de Tiziano, Dánae recibiendo la lluvia de oro, un óleo sobre lienzo de 129,8 x 181,2 cm que actualmente se encuentra en el Museo del Prado en Madrid.

Encargado a Tiziano por Felipe II, fue un cuadro realizado en 1553, momento que coincide con la época de madurez del artista. En el tema repetía las hazañas de Perseo, tema pintado ya en Roma con el bello desnudo de la llamada Dánae Farnesia, llamada así porque la pintó para el cardenal Alessandro Farnese, obra conservada en la Galería Nacional de Capo di Monte.

La leyenda de Dánae, madre de Perseo.

Dánae era  hija de Acrisio, rey de Argos, y de Eurídice. Fue la protagonista de una azarosa leyenda recogida por Ovidio, en la que la profecía del oráculo había anunciado que Acrisio sería asesinado por su nieto Perseo, hijo de la joven princesa Dánae, que se convertiría así en el asesino de su abuelo

Para evitarlo, Acrisio mandó construir una Cámara subterránea de bronce en la que encerró a su hija, poniendo además una buena guardia de siniestros perros guardianes encargados de su custodia.

Sin embargo, nada pudo evitar que fuera seducida por Zeus (Júpiter), para quien no existían trabas ni barreras a la hora de satisfacer sus pasiones. Zeus se convirtió en lluvia de oro, y penetró a través del techo en la cámara donde se hallaba la joven, y en ella engendró a su hijo Perseo, héroe destinado a realizar grandes hazañas.

Cuando Acrisio se enteró del nacimiento de Perseo, temiendo la ira del dios supremo del Olimpo, no mató a su nieto, pero arrojó a éste y a su madre al mar embravecido en un pequeño cofre.

Poseidón, a petición de Zeus, amainó la tormenta y poco después Dánae y Perseo fueron a dar a la isla de Serifos, donde Dictis, hermano del rey Polidectes, les acogió. Allí Polidectes crio a Perseo como un hijo y éste se convirtió en un héroe legendario gracias a las hazañas que realizó para rescatar a Andrómeda, entre las cuales la más destacada fue la muerte de la Medusa.

Un día Perseo explicó a sus padres que las Gorgonas eran horrendas y monstruosas, sobre todo Medusa. Polidectes ordenó a Perseo que fuera en busca de Medusa y que le cortara la cabeza, y así obedeció Perseo. Se fue de Grecia hasta Sicilia, donde dos hadas le dieron un espejo con el que se protegería de la imagen de Medusa, una espada para cortar su cabeza, un saco para guardarla, unas sandalias aladas para que pudiera volar y un casco que lo hiciera invisible al usarlo. Al cumplir su mandato, de la sangre de Medusa nació un Pegaso en el que se fue volando.

Años después Perseo, ya siendo un conocido héroe, participó en los juegos atléticos de Larisa, en los cuales también se encontraba Acrisio. La profecía se hizo realidad cuando Perseo, compitiendo en el lanzamiento de la jabalina, arrojó el venablo que, sin querer, hirió a Acrisio y le provocó la muerte.

La obra: Dánae recibiendo la lluvia de oro.

Esta mítica narración, también recogida por Boccaccio, sirvió a Tiziano de inspiración para crear uno de los más bellos desnudos de mujer y una escena de alcoba en la que el amante en, apariencia ausente, se deja sentir en la fina lluvia de oro, que la vieja criada que acompaña a la hermosa Dánae, trata de recoger con su delantal para que nada se pierda.

Esta figura de la criada, de aspecto ávido y vulgar, sirve de contrapunto a la belleza de Dánae, cautiva por la posición de su amante. El idealismo frente al descarnado interés de una de esas Celestinas corruptas, cuidadoras de doncellas, capaces de abrir por dinero las habitaciones mejor blindadas.

En esta obra de Tiziano se aprecia mejor la utilización de su forma de trabajar con pinceladas rápidas y sabias características, de esta época de madurez, en la que desdeñando los contornos pictóricos su interés se centra sobre todo en los efectos cromáticos y lumínicos como el de la lluvia dorada, que en definitiva es el motivo protagonista del cuadro.

Sin embargo, sabido es que mereció la crítica adversa de Miguel Ángel, precisamente por el empleo de una técnica muy diferente a la suya. Se ha dicho que Tiziano se dio cuenta de que con esta obra había llegado a la culminación de su maestría pictórica.

La magistral composición está dominada por la extensa diagonal que, ligeramente curvada, divide en dos triángulos la obra: el triángulo superior a la derecha está reservado al Dios y las energías naturales, al movimiento, a la acción, mientras que en el triángulo inferior a la izquierda se muestran la quietud, la serenidad y la resignación gozosa.

El diálogo entre las dos mujeres no puede ser más antitético: una es toda belleza y entrega, la otra es toda fealdad y nervio. Tiziano llamaba a estas pinturas de temas mitológicos “poemas” y nunca más acertado el apelativo para esta obra lírica, repleta de sensibilidad y dulzura que fue modelada gracias al pincel de este genial bardo veneciano.

Esta obra entró en el Museo del Prado en 1827 con la serie de desnudos que se guardan en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Esto es todo por hoy, nos despedimos hasta la próxima entrada de nuestro blog www.tasararte.com/blog/.

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